Un fenómeno climático de El Niño que probablemente se desarrolle este verano podría ser severo, advirtieron la semana pasada científicos federales en un pronóstico que elevó las amenazas de calor récord, inundaciones y otros fenómenos meteorológicos extremos en todo el planeta este año y el próximo.
El Centro de Predicciones Climáticas, que forma parte de la Oficina Nacional de Administración Oceánica y Atmosférica (NOAA, por su sigla en inglés), emitió una alerta de El Niño que estima una probabilidad de alrededor del 80 por ciento de que este fenómeno, conocido por potenciar el calor global, llegue en agosto. Esto representa un cambio significativo con respecto a la predicción de febrero, que sugería una probabilidad del 60 por ciento de que el patrón se desarrollara en otoño. Durante un episodio de El Niño, las aguas en el Pacífico central y oriental se tornan más cálidas de lo normal y provocan cambios en los patrones climáticos que generan olas de calor, sequías e inundaciones a nivel mundial, pero también pueden retrasar la temporada de huracanes en el Atlántico.
Los investigadores afirmaron que existe aproximadamente una probabilidad de una entre tres de que el próximo fenómeno de El Niño sea al menos tan intenso como el anterior, que elevó por primera vez las temperaturas mundiales en 2023 y 2024 por encima de un umbral de calentamiento temido desde hace tiempo: 1,5 grados Celsius por encima de las normas preindustriales.
La previsión también plantea interrogantes sobre si Estados Unidos está preparado para los desastres que El Niño puede desencadenar o intensificar.
El gobierno de Donald Trump ha despedido a miles de trabajadores de la Agencia Federal para el Manejo de Emergencias (FEMA, por su sigla en inglés) desde principios del año pasado. Un plan para reformar la agencia de gestión de desastres estaba estancado incluso antes de que el presidente Trump despidiera este mes a Kristi Noem, la secretaria del Departamento de Seguridad Nacional encargada de supervisar dicho trabajo. Trump también supervisó el desmantelamiento de la Agencia de los Estados Unidos para el Desarrollo Internacional, la cual enviaba ayuda humanitaria a los países afectados por catástrofes.
“Es como tener un barco parado frente a un maremoto”, dijo Jesse Anttila-Hughes, profesor adjunto de Economía en la Universidad de San Francisco.
Los responsables de la FEMA dijeron en una declaración no firmada que la agencia supervisa las previsiones de la NOAA para situar los recursos antes de las catástrofes. Sin embargo, añadieron, el cierre parcial del gobierno que afecta al Departamento de Seguridad Nacional pone en peligro la preparación.
Hasta ahora, en gran medida no se ha puesto a prueba la forma que tiene el gobierno para abordar la gestión de catástrofes.
Se descubrió que las revisiones que Noem impuso retrasaron el despliegue de equipos de búsqueda y rescate e impidieron que las víctimas se pusieran en contacto con un centro de llamadas de la FEMA durante la que quizá fue la catástrofe más importante de 2025, las inundaciones de Texas en julio, que causaron la muerte de más de 130 personas. La FEMA también ha ralentizado o bloqueado el acceso de los gobiernos estatales y locales a subvenciones y otras ayudas para desastres que utilizan para prepararse ante emergencias.
Pero ningún huracán tocó tierra en las costas estadounidenses el año pasado, y los incendios forestales del oeste ardieron en una superficie menor que el promedio.
Este periodo de relativa calma —en medio de una era de catástrofes cada vez más frecuentes y costosas— podría terminar con un fuerte fenómeno de El Niño.
El Niño, una fluctuación natural que implica cambios en los vientos alisios del Pacífico, se desarrolló en la ocasión más reciente en mayo de 2023 y persistió durante un año, como suele ocurrir. Los científicos lo relacionaron con sequías en el sur de África e inundaciones en el Cuerno de África, sequías e incendios forestales en el Amazonas, estrés térmico extremo en los arrecifes de coral, lluvias intensas en el sur de California y una capa de hielo invernal históricamente baja en los Grandes Lagos.
El fenómeno de El Niño, caracterizado por aguas del Pacífico más cálidas de lo normal a lo largo del ecuador, es conocido en Estados Unidos por desalentar la formación de huracanes en el Atlántico, lo que podría aliviar cierta presión sobre la respuesta ante catástrofes. Pero la temporada de huracanes atlánticos de 2023 fue la cuarta más activa registrada a pesar de El Niño.
El patrón también suele aumentar las precipitaciones globales desde el sur de California hasta la costa del Golfo y Florida. Su nombre hace referencia al “Niño Jesús” en español y fue acuñado por pescadores sudamericanos que ya en el siglo XVII observaron casos de aguas cálidas en el Pacífico oriental en Navidad.
Según la NOAA, el debilitamiento del fenómeno de La Niña —lo opuesto a El Niño, que trae aguas más frías de lo normal al Pacífico oriental— ha persistido desde septiembre y se espera que termine en mayo.
Otros pronósticos ya han advertido sobre El Niño. Un modelo europeo de predicción climática mostró este mes una probabilidad mucho mayor que la pronosticada por la NOAA de que El Niño pudiera alcanzar al menos la misma intensidad que el evento de 2023-24. Además, sugirió que un “súper” El Niño era hasta dos veces más probable que lo que indicaba el pronóstico de la NOAA de la semana pasada. La agencia estadounidense prevé solo una probabilidad del 10 al 15 por ciento de que se produzca un El Niño “extremo”.
La Organización Meteorológica Mundial “vigilará atentamente las condiciones en los próximos meses para informar la toma de decisiones”, dijo este mes la Secretaria General, Celeste Saulo.
Las previsiones del modelo europeo “llamaron nuestra atención”, dijo Nathaniel Johnson, meteorólogo del Laboratorio de Dinámica de Fluidos Geofísicos de la NOAA, quien participó en la previsión de la agencia estadounidense. Pero afirmó que las predicciones publicadas la semana pasada reflejan una gama más amplia de análisis de modelos climáticos.
“Todavía existe una incertidumbre considerable sobre la fuerza del fenómeno”, dijo Johnson.
No obstante, añadió que era notable que los modelos climáticos mostraran unas probabilidades tan altas de que El Niño se formara en los próximos cinco o seis meses. Las predicciones realizadas en esta época del año, cuando los sistemas que impulsan El Niño suelen ser cambiantes, son notoriamente difíciles de confiar.
Hay una “confianza inusualmente alta” en que El Niño se aproxima, dijo Johnson.






