ASÍ LATIO EL CORAZÓN DE SAUCILLO EN SU PANTEÓN MUNICIPAL

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Anoche el panteón municipal no fue un lugar de muerte, fue un lugar de vida. De esa vida que solo los mexicanos sabemos entender.

Bajo un cielo bordado con papel picado de mil colores y una lluvia de luces que parecían estrellas bajadas a la tierra, Saucillo le demostró a la muerte que aquí no se le teme, se le recibe con flores, con música y con amor.

En el suelo, un tapete monumental de aserrín pintado a mano, custodiado por veladoras que temblaban con el viento, marcaba el camino. El camino de regreso a casa. Ese que nuestros difuntos recorren cada 2 de noviembre guiados por el olor a cempasúchil y el recuerdo que no muere.

Ahí estaban todos. Abuelos, padres, hijos, familias enteras tomadas de la mano, entre tumbas limpias y adornadas, con el norteño de fondo y el nudo en la garganta. Nadie lloraba de tristeza, lloraban de amor. De ese amor que no se acaba aunque la tierra los cubra.

Porque eso somos los mexicanos. Un pueblo que convierte un panteón en una fiesta, que hace de una lágrima una ofrenda y que le pone color a la ausencia.

Anoche Saucillo no solo celebró el Día de Muertos, nos recordó quiénes somos y de dónde venimos. Nos recordó que mientras haya una veladora encendida, un papel picado colgando y un hijo que visite a su padre, la muerte nunca ganará.

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