Entre enero de 2025 y agosto de 2026, la administración de Trump envió a 25.000.427 personas a llamados “terceros países”. Casi 20.000 de ellos llegaron a los estados mexicanos de Chiapas y Tabasco, ubicados en la frontera con Guatemala. Forbidden Stories viajó a Villahermosa y Palenque para entrevistar a los afectados por esta política migratoria.
De las 25.000.427 personas deportadas desde Estados Unidos a terceros países entre enero de 2025 y agosto de 2026, casi 20.000 (cerca del 80 por ciento) fueron enviadas a México.
– En entrevistas realizadas por Forbidden Stories al sur de la frontera, los afectados contaron que los traslados en autobús desde Estados Unidos duraron más de 30 horas. Muchos relataron que no recibieron suficiente agua ni alimento durante el camino. Otros declararon haber permanecido encadenados por largos periodos de tiempo, sin saber, en la mayoría de las ocasiones, cuál sería su destinación final.
– Gran parte de los entrevistados denunciaron que no les fue dada la oportunidad de manifestar el miedo a persecución o amenazas que podría existir al regresar a su país de origen o cualquier otro, vulnerando así un principio básico del derecho internacional.
En 1979, Lorenzo Sánchez tomó una decisión que cambiaría su vida. El adolescente, nacido en Guantánamo, Cuba, estudiaba para convertirse en mecánico de ensamblaje de maquinaria pesada. Fue entonces cuando, según recuerda, el gobierno de Fidel Castro comenzó a “seguirlo” por los ideales políticos que profesaba. Decidió salir del país en barco y completamente solo, rumbo a un destino esperanzador: Estados Unidos. A sus ojos, una tierra de oportunidades económicas y un refugio de la violencia en el que pensó que sería libre.
Castro había llegado al poder en 1959, un año antes de que Sánchez naciera. Bajo su liderazgo Cuba se transformó rápidamente, pasando de una fuerte dependencia económica de los Estados Unidos a un modelo socialista centralizado. El embargo estadounidense impuesto en 1962, junto con el aumento de la tensión entre ambos países, terminó aislando aún más la economía de la isla. Ante esto, el gobierno cubano comenzó a restringir la emigración de sus ciudadanos, con el objetivo de contener a la oposición y evitar perder a trabajadores capacitados.
La tensión social alcanzó su punto álgido en abril de 1989. En respuesta, Castro habilitó el puerto del Mariel para todas aquellas personas que quisieran emigrar, iniciando así el histórico éxodo del Mariel. Sánchez formó parte de los casi 125.000 cubanos que llegaron a Estados Unidos ese año, de los cuales aproximadamente 85.000 se asentaron en Miami y en el área sur de Florida.
Sánchez llegó a Miami, Florida, sin familia y sin un plan. Recuerda que en ese momento los recibieron oficiales estadounidenses, grupos religiosos y la sociedad civil, quienes se habían organizado para darle la bienvenida a los “Marielitos” en cuanto llegaran. Semanas después fueron enviados a Wisconsin, donde el gobierno les proveyó de albergue, comida y “hasta cigarros”, relata con una sonrisa.
Con el paso de los años, la mayoría de los “Marielitos” se convirtieron en residentes y ciudadanos americanos. En 1985 Sánchez hizo lo propio y solicitó la residencia estadounidense. Llevaba meses aprendiendo inglés, trabajando en un museo y una escuela. Pero su solicitud fue rechazada. “No sé por qué”, dijo, “[entonces] no había cometido ningún delito”. Aún con este rechazo, podía permanecer en el país gracias a su permiso de trabajo, con el requisito de que acudiera cada mes a firmar ante la autoridad migratoria.
En 1991, una pelea callejera con un ciudadano estadounidense terminó con una condena de 36 meses de prisión para Sánchez. Sin embargo, decidió aprovechar su tiempo en prisión, que hoy recuerda incluso con cierta nostalgia, señalando que tras las rejas obtuvo distintos certificados; entre ellos, en construcción de gabinetes, lectura de planos y dibujo técnico. Tras ser liberado en 1994, dejó de acudir a sus revisiones mensuales ante las autoridades migratorias. Años después, se mudó a Florida. A lo largo de las décadas, Sánchez rehizo su vida.
En junio de 2025, Sánchez fue arrestado mientras tomaba una cerveza en la playa, una práctica prohibida en algunas zonas de Florida, y posteriormente enviado a un centro de detención. Fue entonces cuando la revisión de sus antecedentes reveló que tenía una orden de deportación pendiente desde 1991, expedida tras su detención por la pelea callejera y después de que dejara de acudir a sus controles mensuales ante las autoridades migratorias.
Agentes del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE, por sus siglas en inglés), lo llevaron a un centro de detención en Miami. Un mes antes, la diabetes había provocado que le amputaran los dedos del pie izquierdo. Sánchez recuerda que, después de “una o dos semanas”, mientras aún se recuperaba de la cirugía, fue trasladado por las autoridades a un hospital en El Paso, Texas. Allí, funcionarios del Gobierno federal le comunicaron que sería deportado a Cuba. Resignado, no intentó oponerse.
Luego de ser dado de alta del nosocomio en El Paso, agentes fronterizos estadounidenses llevaron a Sánchez al sur de la frontera. Convencido de que se dirigía a su isla natal, Sánchez recibió un jarro de agua fría cuando, a mitad del trayecto, los agentes le comunicaron: “Tú vas para México. Cuba no los quiere”. Llegó a Piedras Negras, donde agentes migratorios mexicanos lo subieron a otro autobús, ahora con destino a Villahermosa, Tabasco; una ciudad que nunca había visitado y donde no conocía a nadie. Según Sánchez, este nuevo viaje le tomó tres días.
Créditos | Aristegui Noticias





